
Portugal- El Valencia enganchó un gol en el minuto 12 y se dedicó a dormir. Su embrujó no sólo afectó a las piernas de sus jugadores... Una crónica de Miguelete Tres Velas.
Noticias Valencia (Redacción/ Miguelete Tres Velas)- De patio de colegio. Con perdón para los colegios. El Valencia enganchó un gol en el minuto 12 y se dedicó a dormir. Su embrujó no sólo afectó a las piernas de sus jugadores, sino que todo aquél que tuvo la desdicha de contemplar este partido quedó también sumido en un profundo sopor, en un larguísimo sueño que duró hasta el pitido final. La cosa comenzó ya de mala manera. En el Valencia sólo existían Miguel y Alexis por detrás. Helguera estaba dedicado a otros asuntos, puesto que propinó patadas, empujones y derribos a todo el que se cruzaba en su camino, y del Horno andaba contando las gotas de lluvia que caían por su banda sin enterarse que el partido ya había comenzado. Por la zona del medio, Albelda dedicaba desganadas carrerillas en pos de unos contrarios que no hacían más que alborotar por la zona próxima al área blanca. Sus cortes eran enrevesados y cuando se dedicaba a pasar evidenciaba la gran simplicidad de su fútbol ya apagado. Edu, por el contrario, ni siquiera existía. Hay quien dice que salió al terreno de juego, incluso que en alguna ocasión intentó darle un empujoncito al balón. Pudiera ser y tampoco vamos a negarlo, pero en general, excepto Morientes en la jugada del gol, no hubo personaje visible en el Valencia que mostrase vocación por el área contraria. Allí no supo encontrar el balón Angulo; allí anduvo perdido y tristemente impotente un joven alto llamado Zigic, cuya cabeza recibía la lluvia antes que los demás, pero nunca el cuero redondo. Menos mal que los verdes, los de casa, andaban aturullados, imprecisos, ignorando a cada momento el lugar donde debían encanastar. Y si en alguno de ellos alumbraba algún tipo de intuición goleadora, surgía el férreo, el impúdico Helguera y lo derribaba sin contemplaciones, como le ocurrió al 7 verde, Moutinho, en el último instante de la primera parte, cuando descubrió el camino que lo llevaba recto a un enfrentamiento con el meta valencianista. Ahí podría haber quedado desarbolado el equipo blanquinegro, porque Helguera mereció la roja.
La reanudación ofrecería más de lo mismo. Comenzó la segunda parte casi en la misma instantánea que había concluido la primera. Con el mismo protagonista: Helguera atrapando a un contrario, esta vez el número 36, evidenciando su escasa disponibilidad –los años no perdonan- para la práctica del fútbol. La impotencia del Valencia para hacerse con el dominio del campo abonaba las ambiciones del Marítimo que, con la lluvia, crecía y apabullaba a los de enfrente. Se suceden a cada minuto las incursiones de los jugadores verdes, que ya miran con cierta displicencia al equipo venido del cálido Mediterráneo. Ya no le temen, saben cómo doblegarle esa cerviz de equipo grande de la liga española. Mueven el balón con soltura, triangulan, corren las bandas, centran, olfatean el gol. Unai Emery contrae la frente. No le gustaría regresar a casa lastrado con un empate. Por eso sacrifica a Zigic y saca del banquillo a Mata, escurridizo, incómodo para unos contrarios excesivamente enardecidos. Tanto, que Marzinho se atreve a lanzar un gran tiro desde fuera del área y rompe el balón contra el larguero. El equipo se muere por el centro del campo. Allí los de camiseta blanca no mandan, se mueven apabullados. De nuevo Unai esgrime el cuchillo de los sacrificios: Edu tiene que retirarse y dejar que Fernandes ponga un poco de orden en esa zona. Las cosas se medio arreglan. Vuelve a aparecer Morientes por el área y le ordena a Angulo que perfore la meta contraria; pero éste, inocentemente, le pone en las manos el balón al encargado de evitarlo. Durante todo el partido –y desde mucho antes- la lluvia no ha cesado de caer sobre la hermosa isla de Madeira. Unai Emery, como buen vasco, sabe que la lluvia trae engaño. El balón no cesa de merodear por las áreas de su equipo y en cualquier lance puede acabar ocultándose entre los tres palos que tanto ama el meta Renan. Los del Marítimo atacan en tromba, casi siempre se juega en campo valencianista. Hay que obligarles a retroceder, a que teman un segundo gol. Villa. Unai Emery usará a su fusilero más seguro, al que si falla, al menos deja malherido a quien se le enfrenta. Cuando sólo quedan doce minutos se retira Morientes y salta al terreno de juego del Dos Barreiros el cazagoles David Villa. Sus primeros toques son imprecisos, torpes, débiles. Lleva las garras agazapadas. Pero su compañero Fernándes interpreta a la perfección el ficticio lenguaje del ariete. Por eso, en el minuto 82 le manda en carrera vertical un balón que desborda a la defensa marítima y deja a Villa a escasos metros de la portería. Villa, un jugador experimentado, el campeón de Europa en el arte de meter goles, se deja embaucar entonces por un falso pitido y frena su carrera lo bastante para que un defensa estorbe y su tiro salga desviado y sin pólvora. Despechado, frustrado y enfurecido, en la próxima jugada, el mismo Villa, ya sin contemplaciones, recibe el esférico fuera del área grande, amaga, dribla, corre en paralelo y larga un espléndido disparo cruzado que pone un trémulo ay en los ánimos de los 3.000 aficionados que aún no han renunciado al empate. Un ay que recorre las filas valencianistas cuando se percatan de que en ese mismo lance David Villa queda tendido en el suelo, quejándose con grandes aspavientos de uno de sus tobillos. Y un ay humillante y digno de sonrojo para el Valencia cuando en el último minuto Fogaça interpone su cabeza para obligarle al balón a que se meta donde Renan no quiere. Suerte para el Valencia que, sólo por milímetros, el poste alejó el balón hacia zonas más seguras.