
Valencia- En una plantilla tan exigua como la del Valencia no se puede aducir que en este encuentro jugaban los reservas. Reservas no debe haber. El Valencia debe aspirar a...Una crónica de Miguelete Tres Velas
Noticias Valencia (Redacción/ Miguelete Tres Velas)- En una plantilla tan exigua como la del Valencia no se puede aducir que en este encuentro jugaban los reservas. Reservas no debe haber. El Valencia es un equipo que debe aspirar, por historia, por plantilla y por presupuesto, a prolongar durante muchas semanas su permanencia en la Copa de España y en la UEFA. Así es que si se quiere hacer un papel digno y dejar en el sitio que se merece el pabellón del club en estas dos competiciones, y por supuesto en la Liga, no cabe hablar de reservas, porque los jugadores que juegan menos o que entran más en las rotaciones deben ostentar una calidad técnica y un espíritu competitivo que no obligue a bajar los ojos de vergüenza a la mejor afición de España. Y eso es a lo que la obligaron los once jugadores? que corretearon ayer sobre el césped de Mestalla. Qué talla más baja. Qué medianías expuestas sin pudor alguno bajo los potentes focos que tanto buen fútbol han iluminado a lo largo de los años. Pero si no sabían qué hacer con el balón cuando malhadadamente para ellos les llegaba a la punta de sus botas. Si con decir que el Marítimo, frente a esa tanda de inexpertos empujabalones, parecía uno de los grandes de nuestro continente. Nada más ponerse a correr el esférico se adivinó lo que iba a suceder. Por delante no había nadie con aptitudes ni con deseos de comerse la hierba del área contraria. Allí cada uno ensayaba su particular versión del Jinete Solitario. Empujaba el balón, a derecha e izquierda, sin levantar la mirada, creyéndose solo en mitad de un bosque impenetrable de piernas, y entre ellas dejaba apagar resignadamente la mísera chispa surgida al iniciar la jugada. Y así una vez. Y otra. Y por parte de todos los que tenían la misión de asustar al meta portugués. La sombra de Vicente, que es quien se enfunda ahora su camiseta, se embrollaba tanto que a veces parecía más un defensa portugués que un atacante valencianista. Angulo no sabía a qué hora comenzaba el partido y se pasó los 90 minutos preguntándoselo a los oponentes con los que se topaba. Hugo Viana no sólo desconocía la hora, sino que incluso ni el día que tenía que personarse para el encuentro, y fiel a su ignorancia, en efecto, no hubo quien lo viera como futbolista sobre el terreno de juego en toda la noche. El único que expuso una tesis futbolística adaptada a la grandeza del equipo en el que milita fue, una vez más, Manuel Fernandes, muy activo todo el encuentro, sabiendo en cada momento llevar el balón, hacerlo volar hacia el lado justo, ordenando un caos que amenazaba con agriar una noche pensada de antemano para el triunfo. Porque los de atrás no tenían desperdicio. Cuando Albiol abandonó, lesionado, el puente de mando que garantizaba una travesía sin sustos, cundió la alarma entre la tropa. Helguera evidenció lo que más de medio campo ya sabe: sus cualidades, en franca decadencia, ya no bastan para un equipo de Primera, y menos aún para el Valencia. Del Horno, es una coladera inasumible hasta para tener enfrente a un equipo como el Marítimo. Maduro tampoco ha demostrado por qué un buen día se le trajo de Holanda para arreglar un Valencia que se desmoronaba por momentos. Por su lado le han llegado a Guaita muchos sobresaltos, y por su lado también ha podido colarse en el minuto 40 Marcinho para lograr un imposible gol que ha helado el espíritu de los escasísimos espectadores que, incrédulos, se restregaban los ojos en demanda de una realidad más benévola. Además, para redondear su faena, provocó un penalti de libro que sólo la benevolencia de un juez injusto permitió que quedara impune.
En los vestuarios, con el descanso, Emery ha debido de hacer acto de contricción. El Marítimo se le había subido a las barbas y procedía sacudírselo por las bravas. Apaciguados los once gladiadores, renovada la fe en ellos, reavivada la esperanza en el triunfo, saltan de nuevo al terreno de juego para proseguir su estéril proeza. Pero Unai Emery ha trazado en su libreta las claves salvadoras e invoca a sus mejores hombres, a los que hasta entonces ha mantenido a cubierto. Villa salta, por Helguera, en el minuto 60 y Mata lo hará por Vicente diez minutos después. El feo gesto de Helguera al encabritar el ánimo y rehusar el saludo de su mister al ser sustituido rebaja aún más el triste papel desempeñado por el central en lo que va de noche. Unai quiere un gol, y lo quiere enseguida. Le aterra ver en el marcador ese 0 -1. Pero el revulsivo Mata - Villa, en tantas ocasiones efectivo, resulta inocuo ahora. El Marítimo se ha crecido hasta hundir su cabeza en un cielo glorioso y lo que sueña es demasiado bonito para que alguien se lo rompa. Aunque ese alguien sea el mejor hombre gol de Europa. Y en efecto, Villa no comparece en el lugar donde se crean los goles y, una vez que lo hace, alguna extraña fuerza invocada por sus rivales, provoca su caída de una forma tan tonta, cuando ya sólo tiene que empujar el balón, que ni el propio Villa se lo cree. Son momentos en que todo el equipo está apagado. Sólo fulge una luz, sólo una: Manuel Fernandes. Y de sus botas sale la salvación cuando entra por la banda derecha y llega muy cerca de la raya de fondo. Su centro es medido. Todos piensan que busca la cabeza del temible Villa. A éste se le cosen dos defensas. Dejarlo solo en el área es una sentencia. Pero el balón de Fernandes tiene un inopinado destino. Va en busca de otra cabeza, la que nadie espera, la libre de marca. Es Del Horno quien irrumpe con fuerza y quien le ordena al balón de un soberbio cabezazo que corra a hundirse en la puerta sin el permiso de Marcos, el meta portugués. El empate le llegaba al Valencia del lado de un hombre que nadie hubiera señalado como artífice de la salvación. Que luego Villa, ya en tiempo de descuento, haya exigido su moneda de oro a través de un inexistente penalti inventado y ejecutado por él mismo, es cosa que hay que inscribirla, si acaso, dentro de los hechos de una menor relevancia. Tras el encuentro, cuando el aficionado abandonaba cabizbajo las gradas, un único pensamiento le bailaba en su interior: Uf, por qué poco…