
Valencia/ Villarreal- El Valencia y el Villarreal siguen dando satisfacciones a sus hinchadas. De un total de 9 puntos posibles, se han apropiado de 7, cosa que ni el Real ni el Barça han logrado... Una crónica de Miguelete Tres Velas.
Noticias Valencia/ Villarreal (Redacción/ Miguelete Tres Velas)- El Valencia y el Villarreal siguen dando satisfacciones a sus hinchadas. De un total de 9 puntos posibles, se han apropiado de 7, cosa que ni el Real ni el Barça, los dos grandes de nuestra Liga, o por lo menos de eso presumen, lo han logrado. Cierto es que el Valencia, hasta ahora, se ha tenido que enfrentar a tres enemigos de los considerados asequibles y cuyo tropiezo hubiera hecho saltar todos los timbres de alarma, revisados y activados por la pésima temporada anterior. Lo que está claro es que el Valencia de Unai Emery no es el Valencia de Koeman, cuya moral caía hecha añicos al menor contratiempo y luego le resultaba imposible enderezar el rumbo, ante el creciente nerviosismo propio y el de sus seguidores. Ahora es un equipo al que cuesta meterle un gol, al que resulta muy difícil de burlar y al que, en suma, se le debe un respeto y una consideración especiales. Ahora al Valencia, para vencerle, hay que jugarle con rigor y con mucha seriedad. Ha dejado de ser una escuadra de tres al cuarto, ha dejado de ser un equipo facilón al que se espera con ansia para puntuar. Ahora el Valencia, por méritos propios, anda por lo más alto y los demás se ven obligados a verle la planta de sus pies.
El Osasuna pecó de desinformación. Creyó que el Valencia de la temporada pasada pervivía bajo la piel del actual equipo y vino a resistir, a hastiar, a provocar la apatía, la desgana, a cerrarse a cal y canto para que el contrario se enmarañase, dudase de sí mismo y entrase en esa especie de catalepsia improductiva que lo condujese, como mucho, a un mísero y estéril empate a 0. No contó, sin embargo, que éste es otro Valencia. Que entre sus filas anida un Villa enfebrecido, un águila del gol, que se lo anota personalmente o lo fabrica para otro con el descaro de quien se sabe nacido para ganar. Tampoco sospechaba el Osasuna que, vestido de blanquinegro, emerge un nuevo valor, Mata, con unos deseos frenéticos en cada encuentro por hacer méritos para enfundarse cuanto antes la zamarra roja de la selección. Y, por si las cosas, tampoco sabía el Osasuna que en la zaga, guardando el hueco que queda entre los palos, regía una nueva figura que, cierto, en esta ocasión hizo un papel contemplativo por demérito navarro, pero que da seguridad y ha elevado la autoestima de dos centrales espléndidos, Alexis y Albiol, que ahora se muestran casi inexpugnables y que no ceden al chantaje de unos contragolpes sin convicción, sin fuerza y sin calidad como los que ensayó el Osasuna sobre Mestalla.
Con tan pobre información sobre lo que es el nuevo Valencia de Emery, al Osasuna no le cabía sino la derrota, que si no fue más abultada se debió a que sobre el terreno de juego faltaba Silva, el gran ausente, el que tanto añoran aquellos a los que les gusta paladear el buen fútbol.
El Villarreal, por su parte, tras la gloriosa correría por Europa en la que pudo tutear al mismísimo campeón a domicilio, discurre por la Liga con idéntica soltura que el Valencia. Pero con una diferencia a su favor: de los tres partidos disputados, dos lo han sido lejos de su feudo, en ambientes hostiles, donde arrancar un trozo de carne es mucho más comprometido. Contra el Numancia hubo dos Villarreales muy diferentes. En la primera parte los sorianos salieron a apabullar, a comerse a los amarillos como hicieron con el Barcelona dos jornadas antes. Bueno, los numantinos estuvieron a punto de conseguirlo. Por lo pronto, cuando embocaron hacia los vestidores en el descanso, llevaban la ventaja de un gol. Podía, pues, repetirse la gesta lograda contra el Barça. Pero quedaba mucho partido. Los de casa cometieron el error de emular a sus ancestros. Proyectaron una defensa numantina bajo la experta batuta de Kresic, su entrenador. Pero Pellegrini aplicó el antídoto. Sacó a Pires para que de sus botas emanase un producto único: el pase de la muerte, desde la derecha, casi en la raya de fondo, hacia el centro, hacia el corazón de la portería enemiga por donde, qué casualidad, se hallaba Cazorla con las botas puestas y el gatillo a punto. Pasarían 20 minutos para que otro matador, Nihat, en un acto de cortesía impropio de los que sólo viven para moldear goles, cediese un balón de oro a Llorente, para que éste lo cruzase, de derecha a izquierda, convirtiendo en estéril el zarpazo que le lanzó a la bola el meta numantino.