
Valencia- Qué media parte!. La del Betis, claro. Marcó un gol, pero milagro fue que no marcara más. El Villarreal no existió durante estos 45 minutos. Parecía más bien uno de esos muñecos...Una crónica de Miguelete Tres Velas.
Noticias Valencia (Redacción/ Miguelete Tres Velas)- ¡Qué media parte!. La del Betis, claro. Marcó un gol, pero milagro fue que no marcara más. El Villarreal no existió durante estos 45 minutos. Parecía más bien uno de esos muñecos del pim – pam – pum de la feria que recibe todos los tortazos –pelotazos, en esta ocasión- sobre el mismo lado de la cara, o en los dos lados, si se tercia. El Betis jugaba, literalmente, sin oponente, se anticipaba a todos los balones, los jugaba con acierto, se crecía por segundos y rondaba el gol con la persistencia de un novio andaluz. La verdad es que si no anotó más fue porque el candado contrario no se abre así como así. Para marcar el gol, el Betis tuvo que encadenar dos jugadas consecutivas con mérito, ambas, para mover el marcador. En la primera, José Mari, ya debajo de los palos, tuvo que soportar la osadía de Diego López interponiendo una mano para frenar el balón que ya corría buscando mallas; y acto seguido, tras el intento fallido de la defensa por alejar el balón a zonas más seguras, el peligrosísimo Mark González, chileno él, empujó el esférico por arriba de varias cabezas para que Damiá lo instalara, por fin, en el interior del marco villarrealense. Este gol, justo es decirlo, vino a hacer justicia -aunque parca- al constante asedio del Betis. Los blanquiverdes rompían al Villarreal por sus cuatro costados. Rossi no existía y Cazorla se significaba como un estupendo defensor, sacando balones de debajo de su propio larguero. Ibagaza, muy escorado a la izquierda, bullía con tal desconcierto que cuando atrapaba un balón, enseguida se arrepentía y lo entregaba a cualquiera que no fuese vestido de amarillo. Senna, por su parte, asustado de la embestida andaluza, se refugiaba entre los hombres de atrás para achicar balones y se olvidaba de enroscar la espoleta de los torpedos que podían permitir el contraataque. Afortunadamente, Diego López y sus aguerridos compañeros de retaguardia se mostraban con la seguridad acostumbrada y no le permitieron a la voracidad del Betis cobrar ningún bocado más. Convertido, pues, el Betis en un auténtico Titán y desaparecido el Villarreal, llegó el descanso.
En la segunda parte, al equipo andaluz le perdió el gol de ventaja que llevaba. Incurrió en el error que suelen cometer los pequeños cuando se enfrentan a uno grande y un golpe de fortuna los ha colocado imprevistamente por delante: echarse atrás, encerrarse en su propio caparazón, agazaparse y jugar mirando el reloj. El Betis no se creyó que era mejor que el subcampeón de Liga, y lo era; por eso saltaron al terreno de juego unos hombres medrosos, inseguros y desnortados. ¿Dónde quedaron los de la primera parte? Tras los primeros lances, el ojo clínico de Pellegrini detectó la necesidad de una pequeña metamorfosis en su equipo para remontar el partido. Senna había ardido en la defensa a la manera de un bonzo, y Rossi se hallaba en paradero desconocido y era preciso reemplazarlo. En su lugar salieron Pires y Guille Franco. El cambio resultó providencial para darle la vuelta al marcador. Ibagaza, exonerado de su destierro a la izquierda, se vio legitimado para ocupar ese centro que tanto ama. Los balones comenzaron a fluir cerca del área verdiblanca y el público despertó de una pesadilla que le había dejado sin voz. Cuando en el minuto 20 Guille Franco simula un derribo en el área la grada ruge terriblemente sin saber muy bien porqué. Los ánimos se calientan. Se intuye la remontada, casi se puede olisquear en el aire. Es el momento en que Ibagaza bota una falta desde el lado izquierdo. Hay varias cabezas que pugnan por contactar con el esférico, pero el más ágil, el más portentoso, el que se lleva la gloria es el central amarillo Gonzalo, que con la delicadeza de un amante roza el balón y lo lleva adonde Casto, el guardameta bético, no tiene más remedio que resignarse y aceptar el gol. En plena fiebre amarilla, en el momento mágico de identidad entre la afición y los jugadores, llega el segundo gol, el de la victoria para los de Pellegrini. Es un minuto después del empate. El semifallo de Pires, lo recoge Llorente y, prácticamente, se limita a fusilar un gol que es, en definitiva, el que amarra los tres puntos y le permite al equipo de casa conservar el liderazgo de la competición.