El Villareal: Un submarino que no reflota
| Ago |
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Villarreal- Venía del Carranza con el rabo entre las piernas. Se iba a medir a un modesto Valladolid. Frente a su propia hinchada, al amparo de su grada, acariciando con sus botas el césped de su misma casa. Ya se sabe que el submarino villarrealense... Una crónica de Miguelete Tres Velas.
Noticias Villarreal (Redacción/ Miguelete Tres Velas)- Redacción V.S.-Venía del Carranza con el rabo entre las piernas. Se iba a medir a un modesto Valladolid. Frente a su propia hinchada, al amparo de su grada, acariciando con sus botas el césped de su misma casa. Ya se sabe que el submarino villarrealense , descascarillado y con el periscopio atascado por la ausencia de diez de sus internacionales atrapados por compromisos de sus selecciones, no mostraba una imagen demasiado airosa en esa noche del 19 de agosto. Pero nadie, ni uno solo de los miles de aficionados que acudieron al Madrigal, bocadillo en mano, a presenciar el choque entre castellonenses y vallisoletanos, esperaba un espectáculo tan improductivo, mísero y frustrante como el que pusieron sobre el tapete los alumnos de Manuel Pellegrini.ç
La primera parte discurrió con más pena que gloria. Un solitario gol, rondando el minuto 20, del villarrealense Kiko motivó un tanto a la grada que empezó a calentarse con los primeros aplausos. Pero las ansias por dejar olvidado el bocadillo y seguir con los aplausos no encontró eco en los ánimos de los once amarillos que correteaban por el rectángulo verde, desorientados, fallones, torpes y sin ese malicioso atisbo que suelen tener en la punta de sus botas los jugadores, los buenos jugadores, que pretenden convertir en espectáculo el rudimentario ejercicio de ir golpeando una esfera con los pies. Los jugadores vallisoletanos, sin embargo, no cayeron en el soporífero encantamiento en el que pretendían sumirlos los de casa, y ensayaban distintas alternativas tácticas que mantuvieron, al menos, despierta a la afición, que ya comenzaba a temer lo peor.
Pero lo peor no llegó hasta la segunda parte. Y llegó muy pronto. Aún sonaba en el interior de algunos oídos el silbato del árbitro para que se reanudase el juego tras el descanso, cuando ya los jugadores blanquivioletas habían puesto el balón entre las redes amarillas. Su autor, Kike. Una vez conseguido el empate, los discípulos de José Luis Mendilíbar se dejaron de pamplinas y fueron por lo recto. Para conseguir la victoria sólo tenían que alargar sus manos y cogerla. Por eso, en la jugada siguiente volvieron a colocar el balón a espaldas de Diego López, el portero villarrealense. Este repentino 1-2 desconcertó a los seguidores que se habían movido de sus asientos en el descanso para hacerle los honores al bocadillo que habían traído de casa. Al retomar sus asientos se encontraron con otra película. Ahora ganaban los forasteros, esos humildes forasteros que se suponía que venían como víctimas propiciatorias frente a un espléndido subcampeón de liga. Aunque estos dos goles no fueron más que el preludio de una intensa lluvia de ellos que inundaron el Madrigal en una calurosa noche de verano. Haris había deshecho la igualada y se quedó esperando con el gatillo apunto para marcar también el cuarto gol pucelano, cuando ya su compañero de zamarra, Jesús Rueda, había modelado con sus botas el tercero, el gol del desencanto para los de casa, ese gol que garantiza que lo único positivo para el aficionado se va a quedar reducido al bocadillo de tortilla que se ha traído para cenar a la fresca. Y una noche tan negra había que cerrarla de la forma más clamorosa que se pudiera. De ello se encargó, a diez minutos del final, el cancerbero del submarino, poniéndole la alfombra en forma de penalti al quinto gol de los castellanos, conseguido, eso sí, sin apelación por Víctor Fernández.
En fin, una noche para olvidar… Para olvidar o para acordarse de las ausencias amarillas –de sus internacionales- como último refugio para la esperanza.
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