España 1-Bosnia 0: Exiguo resultado y pobre juego español en un partido plomizo

Sep
7

                 
Valencia- El enfrentamiento con los bosnios ha roto la magia, nos ha descalzado de los lustrosos zapatos nuevos que lucíamos, nos ha devuelto a los parámetros de estas últimas tristes temporadas. Una crónica de Miguelete Tres Velas.
 
Noticias Valencia (Redacción/ Miguelete Tres Velas)- Cuando concluyó el partido era lícito preguntarse si el reciente campeonato de Europa no pudo ser, acaso, un espejismo en el fútbol español. Hasta entonces los nuestros habían sido otros, o si lo prefieren, una máquina bien engrasada que fabricaba un fútbol fluido, alegre y conmovedoramente efectivo. Pero todo espejismo se esfuma cuando alargas tus dedos y pretendes colocarlo en el mundo de la realidad. Qué lejos quedaban los días gloriosos, cuando España entera, sin fisuras y con el corazón ennoblecido por la alegría, saltó a la calle portando entre sus manos los verdes laureles del triunfo y los depositó solemnemente sobre las jóvenes testas de nuestros heroicos futbolistas, mientras se paseaban garbosamente montados en un autobús sin capota. El enfrentamiento con los bosnios ha roto la magia, nos ha descalzado de los lustrosos zapatos nuevos que lucíamos, nos ha devuelto a los parámetros de estas últimas tristes temporadas. El sábado retornó esa España que creíamos sepultada, esa España de la que ya nadie quería acordarse. Sí, se jugaba, el balón salía de nuestras botas con ínfulas creadoras, pero la anemia de nuestro fútbol no nos permite ver la portería contraria a menos de 30 metros, y eso que ayer estrenábamos un auténtico fenómeno en el arte de regatear contrarios y de llevar la pelota al sitio que más daño hace, un tal Capel, figura y estilo de príncipe valiente, empeñado en doblegar la altiva cerviz de casi un millón de defensores, a base de tarjetazos amarillos y de un penalti –a la postre infructuoso-  que sólo le permitió ver al señor que silba. Por su parte, los bosnios, olvidaban sus maneras toscas y expeditivas del comienzo del encuentro y ensayaban largas y vistosas cabalgadas hacia las inmediaciones de un atribulado Casillas, acongojadísimo por lucir en sus espaldas el 12 en lugar del 1, que es el número que él aprecia. La cosa se ponía fea y embocar hacia los vestuarios representó un tiempo muerto muy necesario para los que vestían camiseta roja.
Fue allí, en los vestuarios, donde David Villa recuperó su magia natural, fue allí donde pulió sus botas, donde afinó su mirada de ave de presa, donde se conjuró para sacar adelante aquel partido peligrosamente enquistado y a punto de gangrenarse. Y salió de nuevo al terreno de juego con esa misión sagrada: descabezar al monstruo de las mil cabezas y un millón de pies. Y a ello se aplicó y le puso remedio en tan sólo 12 minutos. Tras el gol de Villa los bosnios quedaron  reducidos a lo que en realidad eran: un equipo mediocre sin otro impulso interno que conservar el 0-0 inicial.
El papel de los jugadores de la selección nacional encuadrados en equipos de la Comunidad Valenciana fue de muy diferente signo. El Guaje, después de perderse durante todo el primer tiempo en un bosque de piernas bosnias, fue, junto a Capel, el gran triunfador de la noche gracias al golazo que se sacó de la chistera. Albiol cumplió con eficacia su labor y no permitió que por su demarcación molestasen a un despechado Casillas. El lateral Capdevila, por el contrario, levantó la barrera y permitió que casi todos los trenes bosnios circularan por su zona con total tranquilidad. No fue su día y la selección trastabilló por ese lado de manera demasiado evidente porque en el lado opuesto Sergio García se mostraba sólidamente seguro, participativo y eficaz. Marcos Senna, una vez más, fue un valor seguro. Firme en el centro del campo o arropando a sus defensas, es un jugador que posee el lujo del gol. Al menos, lo merodea, parece olerlo con fruición y con ansias casi animales cuando encara, apunta y golpea el balón como lo hizo en el minuto 26. La pena fue que, en su vuelo, el esférico estallase contra el larguero, frustrándose -si exceptuamos el penalti, que también fue otra frustración- la única oportunidad de taladrar el marco bosnio. Santi Cazorla, por su parte, tuvo la poco gratificante misión de sustituir a uno de los triunfadores de la noche, al sevillista Diego Capel. Y la verdad es que lo hizo bien, sin complejos, con desparpajo, con desenvoltura, e incluso dispuso de alguna oportunidad de marcar, cosa que lo hubiera aupado a los altares del triunfo.      

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