Manchester United 0 - Villarreal 0: Lance entre zorros con las espadas en todo lo alto

Sep
18

 
        
Villarreal- El teatro de los Sueños enciende sus focos. En sus butacas se apilan 75.000 espectadores. Sobre el escenario se pasean ansiosos  dos viejos zorros... Una crónica de Miguelete Tres Velas.
 
 
Noticias Villarreal  (Redacción/ Miguelete Tres Velas)- El teatro de los Sueños enciende sus focos. En sus butacas se apilan 75.000 espectadores. Sobre el escenario se pasean ansiosos  dos viejos zorros, dos espadachines consumados con ojos de zorro, con olfato de zorro, con el instinto depredador del zorro. Uno es de pelaje rojo y patas blancas: hay quien cree que es la reencarnación del  diablo. El otro es totalmente amarillo: hay quien piensa que puede ser un monstruo marino, un enigmático y ladino submarino amarillo dispuesto a incrustar su punta mortífera en el centro del corazón enemigo al menor descuido. La expectación en las gradas es inmensa. Ambos zorros se han guardado cartas en las mangas. El zorro rojo, llamado también Alex Ferguson, ha dejado en reposo a su cachorro más sanguinario, Cristiano Ronaldo, aquél que siempre muerde, que siempre encuentra presa para llevar a su cubil. Lo ha dejado agazapado  tras un murete de ladrillo rojo, como la sangre, como las vísceras del contrario que sueña con descuartizar. El otro zorro, el amarillo, responde al nombre de Pellegrini. Su arma también es secreta y por eso no la exhibe. Aprovecha también el murete de ladrillo para ocultar a su cachorro más emergente, Cazorla, que con hocico estirado y sonrisa burlona espera su momento  para desgarrar. Ante los dos zorros viejos, tras el pitido, se mueve el resto de sus crías. Se lanzan dentelladas. Los  cachorrillos de lomo rojo arrinconan a los amarillos. Pero éstos saben defenderse. Hay varios titanes entre ellos y ya muestran dientes puntiagudos y uñas de acero. Es Diego López, que no permite que husmeen por su cueva encordada; son Gonzalo y Gudin, que a zarpazo limpio ahuyentan a todo el que encuentran a su paso y lo obligan a emprender la retirada;  es Capdevila, que le da varios revolcones a un zorrillo rojo, Park, y  obliga a quien imparte justicia a mirar hacia otro lado, olvidándose del pito que le cuelga del cuello. Pero con todo, el ataque rojo es furibundo y sólo una milagrosa protección evita que el gol sea la presa que se lleven con ellos al fondo de sus madrigueras cuando el descanso los obliga a emprender la retirada.
Con el telón caído, Pellegrini, el zorro amarillo, trama la manera de sacudirse la presión contraria. No está dispuesto a seguir jugando el papel de víctima acosada que en cualquier momento puede sucumbir. El virulento ataque rojo resultará insostenible durante otros 45 minutos.
Cuando de nuevo se alce el telón y los focos alumbren el cuidadísimo césped del Teatro de los Sueños, Pellegrini ya habrá pergeñado enteramente su plan. A los pocos segundos de comenzar a rodar el balón presentará a su mejor pupilo, Cazorla, a ése que ha tenido oculto entre algodones en su chistera de zorro mago. Cazorla recibe una sola indicación de su maestro: muerde, haz daño. Quiere que los diablillos rojos se percaten de que los amarillos no sólo saben defenderse. El hecho de ir vestidos de amarillo –el color maldito-  en el teatro más famoso del fútbol mundial puede que no les impida alcanzar la gloria, ocultarla entre sus manos y traérsela a Villarreal. Y las tornas cambian. Cazorla obliga a sus adversarios a volver la cabeza. Amenaza con invadir su territorio, con patear su prado, con destruir sus nidos. Es un jugador rápido, fresco, capaz de la genialidad. El balón ya merodea por donde Van der Sar teme, por donde los miles de espectadores abominan. Y en una de esas, el balón corre hacia el poste impulsado por el talón amarillo de Guille Franco. La alarma salta entonces con todo tipo de estridencias. Alex Ferguson , el hombre leyenda de Manchester, mira desesperadamente a su alrededor. Su mirada se detiene en su mejor cachorro. Ya, ya; ha llegado tu hora, Cristiano. Enséñales quien manda en Old Trafford, muéstrales que todo este rectángulo verde nos pertenece, que sólo tiene un dueño. Cristiano Ronaldo salta al campo. Reclama el balón, se lo pega a los pies y emprende frenéticas cabalgadas hacia el área contraria. Los amarillos quedan desbordados. El pequeño respiro que la salida de Cazorla les ha dispensado queda atrás, como el recuerdo de un hermoso sueño, pero efímero. C. Ronaldo es un auténtico titán. De nuevo la defensa villarrealense ha de mostrar sus credenciales, ha de ser la garante del equipo. Los minutos se suceden con una lentitud desesperante. El agotamiento va cayendo en la noche como una fina lluvia que lo empapa todo. El 0-0 rutilante  cuando el Sr. Stark obliga a los actores a retirarse del escenario, brilla en el cielo inglés como dos hermosas estrellas que sólo podían encenderse para los héroes y los triunfadores. Y el Villarreal lo ha sido en esta noche memorable.

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