
Valencia- El Madrid lo hizo todo para perder, pero el Valencia se obstinó en entregarle el trofeo a base de un juego simple, sin ambiciones y carente de pegada. Una crónica de Miguelete Tres Velas.
Noticias Valencia (Redacción/ Miguelete Tres Velas)- Robinho vio desde el fondo del banquillo la épica remontada de sus compañeros. Cuando Aquiles se enrabietó con su rey, Agamenón, y se quedó lejos del campo de batalla, a la sombra negra de sus no menos negras naves, los soldados griegos sufrieron cuantiosísimas bajas frente a unos troyanos crecidos de moral. Algo parecido le pasó al Real Madrid cuando su mejor guerrero, el que dibuja fantasías con el balón, un brasileño llamado Robinho, colocó su corazón en Londres y su cuerpo, derringlado y sin la más mínima ilusión, en los asientos traseros del banquillo del Bernabeu. Como el Pelida Aquiles, también Robinho languidecía porque su club, el equipo blanco, le infería la insoportable afrenta de privarlo del espléndido botín que le mostraban a distancia los del Chelsea. Tal era el descalabro que suponía la ausencia del terreno de juego de tan valioso protagonista, que el conjunto de Schuster parecía un grupo de amiguetes dando patadas, y no sólo al balón, a la salida del instituto. El desconcierto en las filas blancas fue mayúsculo durante toda la primera parte. Sólo algún punterazo del novel Van der Vaart y alguna que otra tímida incursión de un casi inexistente Robben acunaban la esperanza de poder remontar ese exiguo adelanto que se traían los valencianistas de casa. Esperanza que se diluyó cuando, casi sin querer, allá en el minuto 32, el bullicioso Silva enganchó una patadita sobre un balón raso que sorteó milagrosamente una nube de piernas y al pasar al lado de Casillas lo dejó convertido en una estatua de piedra, incapaz de agacharse y atraparlo antes de que acabara mordiendo las redes.
A partir de ese momento el desequilibrio anímico que provocaba la ausencia de Robinho se acrecentó entre los jugadores que ostentaban el campeonato de Liga. Van der Vaar, el único jugador que por ser nuevo en las filas blancas desdeñaba orgullosamente esa ausencia, ensayaba disparos envenenados sobre el portero contrario y se erigía en la única águila que sobrevolaba las inmediaciones contrarias. Pero tanto ímpetu puso en sus acometidas que el juez de la contienda lo mandó a la ducha, mostrándole el camino rojo por una entrada feísima a Mata. El gol del Valencia se acababa de producir y los más negros nubarrones se cernieron sobre la noche madrileña. Hasta ese momento el holandés expulsado había sido el único Ulises de la contienda, la única cabeza pensante en medio del marasmo general. Indudablemente los dioses del Olimpo se solidarizaban con el jugador que languidecía de deseo por un equipo inglés. Tal vez esa fue la razón por la que echaron sobre Guti, Van Nistelrooy, Raúl y compañía el velo de la invisibilidad, o lo que es aún peor, de la inoperancia más absoluta. Transformados, pues, en estatuas de sal los jugadores madrileños, y en poco menos que en guerreros con las espadas melladas, los valencianistas, acabó la primera parte entre los gritos de la afición, repartidos por igual entre un árbitro riguroso en la expulsión, y un equipo, el propio, inmaduro, desconcertado y fondón.
Algún sortilegio concibió Schuster en los vestuarios. O algún brebaje de efectos inmediatos. Porque fue saltar de nuevo su equipo al terreno de juego y mostrar una cara más limpia. Es cierto que el divino Aquiles no mostró su airosa figura sobre el campo de batalla. Pero surgió como salido de la misma tierra el guerrero de los pies alados, el inasible, el escurridizo gladiador capaz de llegar hasta las entrañas del rival y hundir allí su primorosa lanza, surgió en definitiva un holandés medio calvo con la capacidad de llevar pegado el balón a sus pies, y se convirtió en un héroe casi divino, en un Midas generoso que se dedicó a regalar balones con etiquetas de gol. En suma, resucitó en el campo Robben y lo llenó de vida futbolística. Las incursiones que realizó por la banda derecha volvieron loco a Moretti, destrozaron la autoestima de los centrales valencianistas y obligaron a Hildebrand a encomendarse a todos los dioses del Olimpo. Entonces es cuando llegan los goles blancos. Albiol, en su intento por impedirle al balón que supere la estirada de su portero, mete el brazo y el encargado de silbar señala falta máxima. Van Nistelrooy no perdona y el empate anima el encuentro aún más. Tanto lo anima, que cuando minutos después Van Nistelrooy ve como el árbitro le muestra su segunda tarjeta amarilla y el Madrid se queda con nueve jugadores, las ansias de victoria blanca se acrecientan y el Valencia se va esfumando a medida que cae el rayo abrasador de los goles madrileños. Que los siguientes goleadores fueran Sergio Ramos, De la Red e Higuaín poco importa. Si no hubieran sido ellos, ante la avalancha de juego blanco, hubieran podido ser otros. El Valencia se mostró en toda la segunda parte como un equipo sin ambiciones, sin orgullo y sin ningún tipo de pegada. Maquilló ligeramente el resultado un gol tardío de Morientes que ni siquiera cumplió la obligada misión de espolear a los suyos.
Ficha técnica
Real Madrid 4: Iker Casillas; Sergio Ramos, Pepe, Heinze, Torres (Drenthe, m.64); Diarra, Guti (De la Red, m.78), Van der Vaart; Robben, Raúl (Higuaín, m.79) y Van Nistelrooy.
Valencia CF 2: Hildebrant; Miguel, Albiol (Morientes, m.) Alexis, Moretti; Joaquín (Pablo Hernández, m.68), Albelda, Baraja, Mata (Vicente, m.60); Silva y Villa.
Goles: 0-1, m.33: Silva. 1-1, m.50: Van Nistelrooy de penalti. 2-1, m.76: Sergio Ramos. 3-1, m.85: De la Red. 4-1, m.88: Higuaín. 4-2, m.90: Morientes.
Árbitro: Iturralde González (colegio vasco). Mostró cartulinas amarillas a Heinze (73) por el Real Madrid y a Moretti (49), Alexis (77) por el Valencia CF. Expulsó por roja directa en el minuto 39 a Van der Vaart y por doble amarilla a Van Nistelrooy (54 y 72).